martes, 12 de abril de 2016

Abril se estremece

A veces hay que quedarse a solas con la vida
para llorarla en toda su inmensidad, derramando el cuerpo entero, triza a triza,
hasta que queda solo una lágrima naufragando en la soledad de los juncos.
Batiéndose está el campo de mi trigo contra el ímpetu de los caballos,
pero olvidó mi mano tierna la dureza del cuchillo entre las caricias continuadas de las hojas.
Doblada está mi madrugada sobre su insolencia, consumado el sacrificio.
No dejan los murciélagos de acosar a los pájaros en los túneles, pero mis labios avanzan hacia el sol con la proverbial voracidad de los claveles.
Hay una montaña haciéndose llanura y un corazón vistiéndose de blanco y una mañana que se anticipa y una noche alborotada y la botella de anís aclarando tu voz oscura mientras mi tristeza aletea.
Mi barco es un caracol por la arena.
"Ya voy, madre. ¿No me oye?".
Había un clamor de olas inundándote, un mar abierto cerrándote los ojos, una sábana de Holanda cubriéndote los desiertos.
Y recuerdas que siempre supiste temblar. Y las veces que has querido devolverle al aire su valor.
Y los domingos se te vienen encima, escupiéndote a la cara su alegría de picnic con mantel.
Y las flores empiezan a dolerte por su tallo y el cáliz se llena de esta sangre y ya le están saliendo a tu corona tres espinas.
"Padre, ¿no lo oye?".
Son mis huellas cabalgando sobre los recuerdos.





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