viernes, 11 de noviembre de 2016

Enseguida vuelvo, he ido a echar de comer a las palomas

Llegará el viento otra vez a poner mi corazón a salvo sobre la cresta de una ola y mi mano rozará tu párpado.
Viajaremos entonces al fondo de la noche donde es la tempestad la que desata este mar en calma.
Allí donde la oscuridad alumbra el día y lo amamanta con ubres desbordadas como ríos.

Hay muchas montañas pero hace falta mucha fe.

Será el agua salada de nuestros delirios la que cure las heridas del niño soldado y nuestro alimento la oración que salvará al mundo de su hambre porque se convertirán en pan los besos, en peces los besos.

Para creer había que vivir. Era la fe la que necesitaba de la vida.

Regálame un milagro para que pueda detener a tanto ejército armado, a esa locura que está haciendo temblar a las nubes.
Dame una de tus caricias para curar los pies cansados de los que caminan devolviendo a la madre tierra su dolor.
Déjame que sea la copa que dé de beber a este árbol moribundo.
Y que vuele mi tiempo como nunca antes mientras echo de comer a todas las palomas.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Apolo nunca tiene sed

Ella amaba la lira de Apolo sobre todas las cosas.
Era su undécimo mandamiento.
Amaba la música que no dejan escuchar las estruendosas ménades.
Las ménades que profanan los cuerpos vestidos de las diosas para las que la primavera siempre guarda sus amapolas.
Ese cortejo de Dioniso embriagado de vino de tonel que acostumbra a entretener a la clientela provisional de las tabernas.
Las amigas del fauno que extienden las tinieblas y sobre las que nunca lloverá la luz.
Nunca caerá una estrella fugaz en el regazo de una ménade ni habrá cosmos en su firmamento.
No, nunca el aleteo de la mariposa blanca, la lenta caída de la hoja, el ultimo pétalo y el primero. Jamás la sombra del árbol detrás del bosque cobijará a las violadoras del evohé.

Una ménade nunca será una musa.

Pero mi corazón está encinta.


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sábado, 6 de agosto de 2016

Los claveles siempre serán de Federico

Onetti ha soñado con la mujer que tenía rosas blancas en lugar de ojos.
Hay veces que el mar desaparece y entonces hay que dibujar todos los ríos, uno por uno, otra vez.
Pintar el azul entre los pinos.
Rehacer el mundo desde su génesis.
Volver a creer en el Edén y en el jardín.
Dejar tu sangre a los claveles para que vuelvan a crecer.
Fue el recuerdo de tus olas el que me trajo a esta orilla.
Por eso me he tumbado en el lecho y he amamantado otra vez a mi criatura con la vía láctea y Urano me ha bendecido.
No pararán esos pies de aplastar las amapolas y las risas querrán otra vez devorar al llanto con la voracidad de Cronos para sus hijos.
Yo he guardado todas mis lágrimas en un frasco y me he sentado a esperar porque esperar, en la casa encendida, es una forma de estirar la alegría (Rosales está escribiendo su resurrección).
Pero la alegría vuelve a cebarse con la tristeza y el amor está bajo los cantos, bajo las ruedas.
Hay cuentos, menos mal, para las mujeres tristes.
Vuelven los gigantes a robar su viento a los molinos y tú, un huracán que desata mi brisa.
Ya está el sol madurando de noche y un amanecer desposeyendo a los dioses de su ocaso.
Vendrá abril y volverá a darnos de beber de sus mismas fuentes.



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martes, 12 de abril de 2016

Abril se estremece

A veces hay que quedarse a solas con la vida
para llorarla en toda su inmensidad, derramando el cuerpo entero, triza a triza,
hasta que queda solo una lágrima naufragando en la soledad de los juncos.
Batiéndose está el campo de mi trigo contra el ímpetu de los caballos,
pero olvidó mi mano tierna la dureza del cuchillo entre las caricias continuadas de las hojas.
Doblada está mi madrugada sobre su insolencia, consumado el sacrificio.
No dejan los murciélagos de acosar a los pájaros en los túneles, pero mis labios avanzan hacia el sol con la proverbial voracidad de los claveles.
Hay una montaña haciéndose llanura y un corazón vistiéndose de blanco y una mañana que se anticipa y una noche alborotada y la botella de anís aclarando tu voz oscura mientras mi tristeza aletea.
Mi barco es un caracol por la arena.
"Ya voy, madre. ¿No me oye?".
Había un clamor de olas inundándote, un mar abierto cerrándote los ojos, una sábana de Holanda cubriéndote los desiertos.
Y recuerdas que siempre supiste temblar. Y las veces que has querido devolverle al aire su valor.
Y los domingos se te vienen encima, escupiéndote a la cara su alegría de picnic con mantel.
Y las flores empiezan a dolerte por su tallo y el cáliz se llena de esta sangre y ya le están saliendo a tu corona tres espinas.
"Padre, ¿no lo oye?".
Son mis huellas cabalgando sobre los recuerdos.





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lunes, 28 de marzo de 2016

Escribir también es rezar

Un niño sirio me tira del caballo justo cuando acababa de perder la fe.
No son los años sesenta ni setenta pero he vuelto a creer en el poder de las flores.
Así que me he fumado una amapola y he deshojado una margarita mientras cabalgaba sobre un fusil para tumbar las fronteras (hacerlas decimonónicamente horizontales).
La música que escucho se ve interrumpida una y otra vez por disparos, pero Bowie ha muerto.
La tristeza ha llenado de bombarderos mi cielo azul y ha tenido que venir cierta alegría a gritarme al oído mi amor de Casablanca. El mundo se derrumba y nosotros... Nosotros, sí, lo estamos sujetando, como Atlas, sin ser titanes, con nuestras cabezas.
Juan Gelman está alerta y temen el horror hasta los colibríes, pero hay un jilguero que anida en las barbas de Whitman y canta en el jardín de Fuente Vaqueros.
He cultivado pan para hacerle la guerra al hambre y me he ido a dormir y sobre todo a soñar.
Los continentes vuelven a separarse.
Yo me uno a ti y me zambullo en el mar.
Hoy no quería nadar sino abrazar la inmensidad.
Escribir, te lo dije, también es rezar.
Mírame, ya solo puedo tener las manos juntas.

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lunes, 7 de marzo de 2016

Whistler firmaba sus cuadros con una mariposa

Las cosas bellas siempre hacen llorar, Oscar Wilde se está mirando al espejo,
liberado de todas sus cárceles y mecido con sus propias baladas.
Burne Jones, que era un inglés muy suyo y muy pintor, tan decimonónico, se empeña en pintar ángeles contra el materialismo con su bata blanca. Pone alas no solo a su impaciencia, sino a las rutinas y el desencanto (Leopoldo María Panero hijo, que está en los cielos, corre pero nadie le persigue, nunca quiso la gloria).
Yo exhibo mi dolor con alegría y salto sobre los campos de trigo esquivando a las amapolas.
Sangra la primavera en sus pétalos. Yo lloro sin apartar de mí su cáliz.
Nadie vendrá hasta mi vecindario hasta que no haya estallado otra vez la primera sonrisa en este patio.
El mar lo sabe y grita su tormenta perfecta, Turner la fotografía, Shakespeare saca su pluma y esta vez no escribe, vuela.
Sófocles nunca pudo leer a sir William pero el de Stratford-upon-Avon sí al griego.
Yo me pierdo en el laberinto después de haber tirado al mar los hilos.
Lorca está volviendo a contar las olas con sus dedos.
Mi casa está encendida. Luis Rosales canta su estribillo: "El recuerdo es la única alegría que no se acaba nunca". Ya estoy recordando este beso.
Mañana seremos otra vez domingo.
Todo lo que amo lo llevo en los ojos, por si acaso. Como Séneca lo llevaba todo consigo. No hay estoicismo en mi irreverencia, pero sí silencio en mi grito.
Munch quiere pintar el amor y pinta la soledad.
Una mujer se dobla como un junco para beber de ese agua. Las jirafas miran extasiadas.
Una única lágrima acaba de llenar mi océano.
Mi tristeza tiene ganas de reír, pero una carcajada acaba de convertirse en lluvia.
Se hicieron largos los pasillos de mi casa solo por las ganas que teníamos de andar y andar.
A esta altura todo se ve de su tamaño, ¿te das cuenta?
La belleza siempre es un regreso. Nuestra Ítaca.



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domingo, 17 de enero de 2016

Recuerdos de haber sido la ola

No se puede olvidar que La Maga nadaba en el río, mientras Horacio (Oliveira) lo miraba de lejos.
Morelli traga saliva y aguanta el tipo, porque sabe que esto es París y la literatura está en juego.
Salta la Rayuela a pie de calle pero donde cae finalmente es al abismo.
El cronopio nos quiso dar a todos la fama, pero decidimos quedarnos debajo del mantel.
Comernos las migajas solo porque lo hacen los pájaros.
Como Erik Satie, Antonin Artaud, Poe, Breton, Baudelaire y otro hijos de su madre.
Amándonos sin necesidad de comer.
Amándonos como mendigos por las esquinas.
Delante y detrás de las estanterías, fumándonos el papel, emborrachándonos por fin de metáforas.
Escupiendo el verbo y bebiéndonos de golpe el adjetivo.
Amándonos, digo, amándonos.
Un teléfono suena, nadie lo coge, pero él insiste y suena.
Cortázar tenía razón: nos merecemos la guía de teléfonos.
Ser el enjambre, habitar la colmena, tanta estrechez y hechura de celda.
Porque no hemos sabido cabalgar con el viento.
Ora pro nobis, Whitman, reza por nosotros.
Que tampoco hemos comprendido el universo ni la totalidad.

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