jueves, 1 de octubre de 2020

El don de la sobriedad

Viejo y glorioso Epidauro, el eterno jadeo de tus voces agolpándose en la inmediatez del llanto no pudo despojar de su verbo a las bacantes que venían a devorar los restos del banquete nupcial. Lo que quedaba del amor después del amor. Al grito de evohé, las arpías de largos cabellos de serpientes estrangulaban a las flores mientras las envenenaban con su aliento. Había que culminar el drama porque los espectadores estaban sedientos multiplicándose en sus gradas. Entonces pasó que cayeron fulminados como del rayo los espejos en que los amantes se habían mirado hasta la saciedad de su deseo y todo pasó a ser un espejismo sobre la playa aquella, ya sin arena, en que Ariadna había sido abandonada por Teseo. Hay un minotauro en cada poeta que se desangra, dichoso en su laberinto. Y solo Baco pudo terminar aquel poema, embriagado hasta la náusea con su propio vino, ahorcado de placer del tronco de una vid donde las uvas se apelotonaban en pleno desconcierto sin vendimia. Pero Apolo tuvo que llegar con su música y volver a sembrar los maltrechos campos ultrajados por aquellas indómitas huellas y apaciguar las calaveras para que ella, que había escarbado en la tierra con sus uñas para alimentar su vocación y atesorado sus caricias en los horizontes de todos los alféizares, pudiera detener la lacerante aguja y encontrar el centro mismo de la vida en su itáquico vientre. Acaso el ónfalo. Un águila volando y Delfos adueñándose de toda la impostura del paisaje.

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martes, 12 de abril de 2016

Abril se estremece

A veces hay que quedarse a solas con la vida
para llorarla en toda su inmensidad, derramando el cuerpo entero, triza a triza,
hasta que queda solo una lágrima naufragando en la soledad de los juncos.
Batiéndose está el campo de mi trigo contra el ímpetu de los caballos,
pero olvidó mi mano tierna la dureza del cuchillo entre las caricias continuadas de las hojas.
Doblada está mi madrugada sobre su insolencia, consumado el sacrificio.
No dejan los murciélagos de acosar a los pájaros en los túneles, pero mis labios avanzan hacia el sol con la proverbial voracidad de los claveles.
Hay una montaña haciéndose llanura y un corazón vistiéndose de blanco y una mañana que se anticipa y una noche alborotada y la botella de anís aclarando tu voz oscura mientras mi tristeza aletea.
Mi barco es un caracol por la arena.
"Ya voy, madre. ¿No me oye?".
Había un clamor de olas inundándote, un mar abierto cerrándote los ojos, una sábana de Holanda cubriéndote los desiertos.
Y recuerdas que siempre supiste temblar. Y las veces que has querido devolverle al aire su valor.
Y los domingos se te vienen encima, escupiéndote a la cara su alegría de picnic con mantel.
Y las flores empiezan a dolerte por su tallo y el cáliz se llena de esta sangre y ya le están saliendo a tu corona tres espinas.
"Padre, ¿no lo oye?".
Son mis huellas cabalgando sobre los recuerdos.





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lunes, 7 de marzo de 2016

Whistler firmaba sus cuadros con una mariposa

Las cosas bellas siempre hacen llorar, Oscar Wilde se está mirando al espejo,
liberado de todas sus cárceles y mecido con sus propias baladas.
Burne Jones, que era un inglés muy suyo y muy pintor, tan decimonónico, se empeña en pintar ángeles contra el materialismo con su bata blanca. Pone alas no solo a su impaciencia, sino a las rutinas y el desencanto (Leopoldo María Panero hijo, que está en los cielos, corre pero nadie le persigue, nunca quiso la gloria).
Yo exhibo mi dolor con alegría y salto sobre los campos de trigo esquivando a las amapolas.
Sangra la primavera en sus pétalos. Yo lloro sin apartar de mí su cáliz.
Nadie vendrá hasta mi vecindario hasta que no haya estallado otra vez la primera sonrisa en este patio.
El mar lo sabe y grita su tormenta perfecta, Turner la fotografía, Shakespeare saca su pluma y esta vez no escribe, vuela.
Sófocles nunca pudo leer a sir William pero el de Stratford-upon-Avon sí al griego.
Yo me pierdo en el laberinto después de haber tirado al mar los hilos.
Lorca está volviendo a contar las olas con sus dedos.
Mi casa está encendida. Luis Rosales canta su estribillo: "El recuerdo es la única alegría que no se acaba nunca". Ya estoy recordando este beso.
Mañana seremos otra vez domingo.
Todo lo que amo lo llevo en los ojos, por si acaso. Como Séneca lo llevaba todo consigo. No hay estoicismo en mi irreverencia, pero sí silencio en mi grito.
Munch quiere pintar el amor y pinta la soledad.
Una mujer se dobla como un junco para beber de ese agua. Las jirafas miran extasiadas.
Una única lágrima acaba de llenar mi océano.
Mi tristeza tiene ganas de reír, pero una carcajada acaba de convertirse en lluvia.
Se hicieron largos los pasillos de mi casa solo por las ganas que teníamos de andar y andar.
A esta altura todo se ve de su tamaño, ¿te das cuenta?
La belleza siempre es un regreso. Nuestra Ítaca.



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martes, 16 de octubre de 2012

El día en que fui Whitman

¡Oh, capitán, mi capitán! Walt Whitman está sobre la cubierta del barco con su larga barba blanca que se toca con sus manos de ceniza. Doblan las campanas. La isla crece en el mar. La luna está ahí, demasiado cerca de la tierra. ¡Oh, capitán! ¡Qué bien se oye desde aquí! Desde el graderío de este teatro al que hemos venido a ver. Por fin, el mundo real. Somos personas. Luego máscaras.

Cnossos nunca fue una ciudad amurallada. Picasso pinta a Ariadna. Picasso pinta al minotauro. Teníamos la luz. Goya trae las sombras.

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domingo, 8 de abril de 2012

Un perro escucha a Bach, Adriano muere por Antinoo y ariadna bebe vino

Escuchando a Bach he vuelto a un lugar donde no solo viven las musas. También hay un perro semihundido, que se asoma de vez en cuando. Este perro ha visto el horror de la guerra y la tragedia en los ojos de Cronos devorando a sus hijos, y tiene miedo. Esos ojos no se apagan con la oscuridad sino que son la oscuridad. Son los mismo ojos que sembraron los lienzos de Beckmann y de los que nacieron nuevos ojos que están por todas partes y miran. Quieren ver. saben que la luz no siempre viene del cielo. Adriano ha vuelto a enamorarse de Antinoo. Y Ariadna, en realidad, estaba esperando a Dionisos en Naxos. Nunca lloró a Teseo.

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