jueves, 17 de septiembre de 2020

Di Tánger y luego azul

Fui yo quien se suicidó desde el abismo que siempre fue la comisura de tus labios. Yo quien huyó como una fuga de Bach entre tus manos polifónicas. Volando sin parar sobre lo común en uno de los paraguas que nunca llegó a teclear Satie en su clamorosa soledad. Una gimnopedia la de mi piel exhausta bajo una obstinada lluvia de nubes pasajeras. Abiertamente descubierta en el desierto donde solía demorarse el amanecer, tejiendo y destejiendo una y otra vez la horizontal de aquel delirio. Nunca quiso Penélope esa Troya sino tenderse en la llanura tebana para confundir a los oráculos. Pero llegó la ola con su fauce hambrienta a tragarse toda la cosecha y entonces hubo que poner de revés los rostros horadados por los besos para que las lágrimas no se hicieran ríos e inundaran el pobre mar incauto. Por eso, aún están nuestros cuerpos tratando de emular a las caracolas. Atenas haciéndose Esparta no sin dolor y sin batalla. No maldigas mi nombre bajo el sol ardiente. Di Tánger y acuéstate sobre mis espaldas. Azul ahora y haz venir la madrugada. Vuelve a profanar el cerco minoico de mi risa. Y guárdame en tus bolsillos junto a los días tristes. Qué podría recordar si no los acantilados que tallaron con su infinita insolencia nuestros vértigos. Ese océano proceloso y épico a nuestro alrededor, la misma incesante espuma y todos los barcos palideciendo de tantas millas y humedad asombrosamente ebrios.

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lunes, 18 de mayo de 2015

Somos peces buscando su coral y desandando los océanos

Me desanclé nada más que para navegar por las olas de tu rostro.
Mientras me ponía a la sombra de los libros (nunca quema el sol bajo los párrafos).
Y me entregaba a la tinta de tu verbo insólito y destejía tu sintaxis.
Pobre Penélope, virgen sin estatua. 
Pobre Penélope, que nunca pudo vagar, ni bajar a las profundidades de la gruta ni ser ella la Maga.
Mejor volver a Ítaca que estar en Ítaca. Mejor haber ganado la batalla a los cíclopes que quedarse en casa viendo cómo el agua hincha el arroz y cómo se seca el pan de ayer y el de mañana.
Mejor tener las manos temblorosas que no haber muerto jamás de frío.
Solo los dioses saben que los mares están llenos de las lágrimas de los hombres que viven y han vivido.


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miércoles, 28 de agosto de 2013

Vendrá el otoño y nos salvará de estos naufragios

En verano aprovecho para morir en Venecia otra vez.
Para ser todas las mujeres de Shakespeare y ninguna.
Para reír con Beckett, mientras lloro en las profundidades del mar.
Con los peces que navegarán siempre fuera de la red.
(Las paradojas se escriben solas, hoy mejor que nunca).

En verano las playas se llenan y yo me vacío.
Saco todo lo que hay dentro de mí y lo apilo en el recibidor.
Antes de distribuirlo por las habitaciones atiborradas.
Como los cajones de Leopold Bloom el día en que Ulises volvió a Ítaca.
Ulises volvió pero Penélope no estaba.
Penélope no quiso esperar. Diez años vagó de isla en isla.
Y fue tentada.

En verano sudo la gota gorda.
Y ese sudor se embalsa a mi alrededor hasta hacerme una isla.
Hasta llegarme al cuello y circuncidarme como una soga.
Entonces echo a volar y viajo hasta el lugar en que un médico acaba de perder a su único hijo.
A la oscuridad luminosa en la que el oficial Riábovich recibió el beso.
Y a las múltiples certezas que persiguen incansablemente a los hombres cuando dudan.
(Chejov ha vuelto a curarme de este resfriado).

En verano cambio el sol por la luna y lo hago sin palabras.
Podría hacerlo en un acto ceremonioso pronunciadamente poético.
Pero huyo de ostentaciones y licencias líricas aunque rime con los dedos.
Y cuente los hexámetros con los ojos porque los castillos se empeñan en coronar las cumbres.
La aurora vendrá y no tendrá los dedos del color de la rosa.

Las acuarelas se han caído sobre nuestros pies. La arena vuela su madrugada.
Pronto reirán las gaviotas su borrachera de barco.
Rimbaud va a bordo de ese tren de madera. Se inclinan los álamos sin viento.
Baudelaire blande su espada, las nubes se agachan para que André Gide pase y exhiba su homosexualidad.
Óscar Wilde tiene listo el té en su casa. Matamos lo que amamos, como dioses.

Son las cinco de la tarde y un torero ve acabarse su vida de trigo en una plaza de España.
Y hay poetas de sobra en un país como el nuestro.
Nos salvarán cualquier noche de la podredumbre que acecha. La del pecio que guarda tesoro de sobra.
Tose Knut Hamsun porque hace frío en Noruega.
Yo guardo mis bártulos de hombre sin patria.
Y viro hacia tu luz que se enciende y se apaga.
Como Leandro hizo y lo hizo Lord Byron.
El mar engordando su cresta en la noche violenta.

He vuelto a rezar la oración sin principio.
Clavando mis rodillas en este espacio sin suelo.


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