jueves, 30 de julio de 2015

De tanto querer consagrarme a la primavera he terminado a la sombra de Ígor Stravinski


Stravinski me está mirando con sus ojos grandes.
Como platos de porcelana vieja en una mesa en la casa aquella de la Provenza; así son sus ojos.
Siento que soy un pájaro de fuego de leyenda, con el nido en las alas.
Como le estoy haciendo caso al ruso, me estoy licuando. Estoy asistiendo al deshielo de todos los continentes.
Anna Pávlova baila para mí. Léon Bakst me pinta. Jean Cocteau ríe con su risa loca.
Ilona recoge en una bolsa los restos de todos los naufragios y los vuelve a tirar al mar ante el asombro de Federico (GL).
Los dioses hacen brotar una isla en la inmensidad para que la Hélade nazca otra vez.
Afrodita no ha tenido más remedio que ponerse gafas de sol.
El mar crece. Yo me multiplico, se multiplican conmigo el pan de ayer y los peces de mañana.
Con Machado espero el milagro bañando mi cuerpo que mece el viento en aguas del Duero.
Con el agua al cuello quiero creer, y lo creo, que el olmo no se secó jamás.
Esta fe mía sin dios no mueve montañas, las crea.


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lunes, 8 de diciembre de 2014

Cambié verano por otoño

Se hacía más y más nómada, y sus raíces se empeñaban en crecer.
Menos mal que llegó al cementerio marino a la hora en que los barcos se arrancan las olas y rezan al revés.
Aquella letanía desvaneciéndose entre sus manos como un siglo diecinueve sobre un sofá francés.
Aquellas palabras como estrellas de mar ahogándose.

Picasso se estaba bañando en el azul de Antibes ajeno al réquiem de las caracolas.
Se agrandaban sus ojos de perfil para poder ver el llanto alegre del mar.
Por eso, Jean Cocteau buscaba un Sena y corría hacia atrás, porque se había quitado de encima la pegajosa desesperación.

Pero nosotros éramos niños que no sabían jugar a postergarse. Niños que multiplicaban las paredes, con un campo de trigo en los ojos meciéndose de risa. Niños silvestres vestidos de blanco entrelazándose con los juncos, empapados de charcos solo para ser tendidos al sol del instante.

No dirás a nadie que has visto que la esquina se doblaba por la mitad. Ni que el viento huracanado sabía llevarnos despacio. No podremos ser sino pacientes. Y madurar a golpe de dar frutos.

(Todo era otoño en Aix-en-Provence, incluso su vestido)

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martes, 1 de mayo de 2012

18 poemas, 18 whiskys, 18 veces


18 veces he leído un poema de Dylan Thomas,
18 veces he empinado con él el codo,
18 veces me lo bebido en el mismo vaso.

Y me he emborrachado.

Y ahora estoy viendo la luz que viaja a toda prisa en busca de la oscuridad porque no quiere morir.

Enfurécete luz, muestra tu furia.

("Range, range against the dying of the light").

Y Stravinsky echa a volar su pájaro de fuego al ritmo que quieren Erik Satie y sus cantos de sirena de ambulancia, y Picasso pinta todo al revés en su taller mecánico 24 horas.

Y bailan como peonzas los ballets rusos de Diaghilev sobre la mesa en la que está desayunando Jean Cocteau.

Todo sigue su curso, desordenando el cosmos.

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