viernes, 11 de octubre de 2013

Aurora Bernárdez traducía el "Calígula" de Camus cuando aún no había conocido a Cortázar

Calígula: Si supieras contar sabrías que la menor guerra emprendida por un tirano razonable os costaría mil veces más caro que los caprichos de mi fantasía.

Escipión. ¿Qué importa si nos cuesta tan caro como si lo fueras?

Calígula: Nadie comprende al destino y por eso me erigí en destino. He adoptado el rostro estúpido e incomprensible de los dioses. Eso es lo que tus compañeros de hace un momento han aprendido a adorar.

Escipión. Y ésa es la blasfemia, Cayo.

Calígula. ¡No, Escipión, es arte dramático! El error de todos esos hombres reside en no creer bastante en el teatro. Si no fuera por eso, sabrían que a todo hombre le está permitido representar las tragedias celestiales y convertirse en dios. Basta endurecer el corazón.

(Escena II, Acto III, Calígula, de Albert Camus. Estrenada en el Teatro Hébertot de París en 1945. Traducción de Aurora Bernárdez)

Nota: Aurora Bernárdez no era la Maga. Aunque lo parecía.

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viernes, 20 de septiembre de 2013

El frasco de láudano y el tiempo empeñado en reinar y empujando al poeta como a un buey

Te quedas dormido con el Poeta en Nueva York entre las manos. Y cuando te levantas te encuentras con el "Spleen de París". De sobra sabes que no hay pequeños poemas. Luego te das cuenta de que has juntado la traducción de Julio Cortázar de los Cuentos de Edgar Allan Poe con la de Aurora Bernárdez (y Guillermo de la Torre) de El malentendido de Camus. Mientras te estás preparando para sonreír (por el feliz matrimonio), observas que también están Las flores del mar, de Baudelaire. Y entonces te acuerdas de que el francés se obsesionó con Poe y también fue su traductor. Y adviertes que tú estás obsesionado con Baudelaire, incluso cuando lees a Poe. Y ya no puedes ni quieres salir del mundo que es tu pequeña habitación.

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jueves, 12 de septiembre de 2013

Albert Camus tiende su cuerpo dolorido sobre el mar

No sabemos si la rebeldía de Albert Camus es puramente estética.
¿Y qué si es puramente estética?
Quería Camus que el hombre volviera a lo humano. El hombre hombre.

A propósito del mar en el horizonte, dice Marta: "Leí en un libro que el sol se come hasta las almas y hace resplandecer los cuerpos, pero los vacía por dentro".
Y la Madre: "¿Y eso, Marta, te hace soñar".
Y Marta: "Sí, porque estoy harta de cargar siempre con mi alma y tengo prisa por llegar a ese país donde el sol mata las preguntas".

En 'El malentendido', traducción de Aurora Bernárdez, que fue compañera eterna (aunque se separaron) de Julio Cortázar, y Guillermo de la Torre, ese catedrático olvidado de la Generación del 27 que se casó con la pintora Norah Borges, hermana del otro Borges.

'El malentendido', en edición de Losada de 1962, de la biblioteca de un poeta.

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viernes, 28 de junio de 2013

La literatura finalmente era ella. Hoy se vuelve a escribir Rayuela. Tenemos 50 años.

Hago una genuflexión. Hinco las rodillas en la nube y en el barro. Luce el sol pero oigo caer la lluvia. Los caminos conocidos y mil veces transitados se vuelven un laberinto. La ciudad me abraza como un viejo olmo. He seguido cruzando puentes como ayer. Como hoy sigo prefiriendo el encuentro a la cita. Lo imprevisible gobierna mi barco. El timón que gira como una rueda. Cuando te veo venir miro hacia otra parte y te veo llegar.

Un juguete en manos de muchos niños, el mismo niño. Una bomba de relojería por supuesto suiza que te estalla en las manos como las mejores bombas. Una cumbre de la ilegibilidad. La novela puesta del revés con los bolsillos vacíos en un pantalón agonizante por no poner raído. El cajón felizmente desordenado. La literatura en los suburbios y en los palacios, en los clubes de alterne y en los reinos heredados por los parias de la tierra y los cielos. Las letras llamándome a gritos por todos mis nombres. La poesía quitándose la ropa desvergonzadamente, haciéndose puta de burdel a la luz roja. Tú abrazándome por detrás y vendándome los pies. La impostura final, no la del punto y aparte, la otra. El snobismo de pancarta, de muro y de mural, el snobismo de los que se dejan morir en el intento. El París argentino bastándose a sí mismo, recreándose en su contemplación, mirando hacia su centro, haciéndose espejo. La madrugada estirándose como un yoyó. Vos, pidiéndome jugar.

Rayuela, al fin y al cabo.

¿No queríamos delirios? ¿No quisimos romper los papeles aquella vez? ¿Que volaran los papeles? Y leímos La autopista del sur, La casa tomada, Los premios, Todos los fuegos el fuego, Salvo el crepúsculo. Cómo no quererlo. Por los cronopios (nosotros) y las famas (ellos). Si Cortázar lee a Cortázar. Si se enreda en su propio verbo y cae por su propio precipicio. Cómo no amarlo. Si tenía frío... Y no se abrigaba.

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