miércoles, 3 de junio de 2015

Albert Camus me persigue pero es Lou Reed quien me canta

Bienvenido el Sr. Meursault a mi humilde morada entre callejones llenos de salidas.
Que pase y vea la estulticia maltrecha bajo el azote contumaz de las escobas.
El altar de mis sacrificios donde los corderos gimen su felicidad en una oscuridad a tientas.
Que entre el extranjero y vea cuán revuelto está mi lecho por las veces que yací con la ternura.
Que admire las paredes vacías despojadas de sus huellas, que se tumbe a descansar sobre esta mano,
que oiga caer el llanto que parió no sin dolor la fertilidad en el ombligo de la suerte mientras un águila voraz se abría su camino.
¿Para qué los arúspices si tú eres mi presagio?, decía una voz antigua con su canto de felicidad intacta.
¿Nadie le ha dicho al Sr. Meursault antes de venir que no hay fronteras para la alegría en el hombre que habita su tristeza?
Que no hay nada más al norte de la emoción, nada sobre la altura de nuestros entusiasmos.
Nada que no pueda alcanzar la rama de este árbol peremnemente aupado.

De sobra sabe este Monsieur que el sol y el mar son gratis.


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jueves, 23 de abril de 2015

Fui a mirarme en un espejo de Delvaux y caí dentro

Me están saliendo mariposas en los pies y ya son marineros hasta los nudos de mi garganta.
Se lo he dicho a Albert Camus y juntos hemos rezado un credo en la cresta de una ola. Siempre conviene tener fe, en el primer trago y en el último, y en todas las cantinas.
A veces el mar te llama por tus versos y tú sin farol buscas en las profundidades los tesoros que se guarda para sí la luz.
El poeta Claudio Rodríguez me lo susurró una vez al oído antes de morir (habíamos llegado los dos los primeros al trasatlántico de la Residencia de Estudiantes navegando tras los pasos sin huella de Buñuel y Lorca y las adelfas): "La claridad siempre viene del cielo".
Pero yo esperaba con obstinación pausada que el cerezo floreciese por la luna.
Mientras, Stefan Zweig, en uno de sus momentos estelares de escritor furibundo, estiraba las 24 horas en la vida de una mujer. El espejo de Delvaux esta vez sí me reflejaba.

Acababa de pasar otro tren

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viernes, 11 de octubre de 2013

Aurora Bernárdez traducía el "Calígula" de Camus cuando aún no había conocido a Cortázar

Calígula: Si supieras contar sabrías que la menor guerra emprendida por un tirano razonable os costaría mil veces más caro que los caprichos de mi fantasía.

Escipión. ¿Qué importa si nos cuesta tan caro como si lo fueras?

Calígula: Nadie comprende al destino y por eso me erigí en destino. He adoptado el rostro estúpido e incomprensible de los dioses. Eso es lo que tus compañeros de hace un momento han aprendido a adorar.

Escipión. Y ésa es la blasfemia, Cayo.

Calígula. ¡No, Escipión, es arte dramático! El error de todos esos hombres reside en no creer bastante en el teatro. Si no fuera por eso, sabrían que a todo hombre le está permitido representar las tragedias celestiales y convertirse en dios. Basta endurecer el corazón.

(Escena II, Acto III, Calígula, de Albert Camus. Estrenada en el Teatro Hébertot de París en 1945. Traducción de Aurora Bernárdez)

Nota: Aurora Bernárdez no era la Maga. Aunque lo parecía.

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domingo, 6 de octubre de 2013

Perder la vida es poca cosa pero ver cómo desaparece el sentido de la vida es insoportable (Quereas, "Calígula", de Albert Camus)

Algún día será posible ver a Segismundo, a Hamlet y a Calígula juntos. En un escenario. Por fin, libres y fuera de contexto. Hablando entre ellos.

Calígula diciendo: "Haré a este siglo el don de la igualdad. Y cuando todo esté nivelado, lo imposible al fin en la tierra, la luna en mis manos, entonces quizá yo mismo esté transformado y el mundo conmigo; entonces, al fin, los hombres no morirán y serán dichosos".

Es el "Calígula" de Camus necesitando gente, espectadores, víctimas y culpables. Pidiendo público.

Público, lo que necesita el teatro. Testigos. Tal vez los haya cuando el teatro se vuelva sagrado o poético o sea verdad. O cuando nosotros nos atrevamos por fin a ponernos la ropa y mirarnos al espejo

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jueves, 12 de septiembre de 2013

Albert Camus tiende su cuerpo dolorido sobre el mar

No sabemos si la rebeldía de Albert Camus es puramente estética.
¿Y qué si es puramente estética?
Quería Camus que el hombre volviera a lo humano. El hombre hombre.

A propósito del mar en el horizonte, dice Marta: "Leí en un libro que el sol se come hasta las almas y hace resplandecer los cuerpos, pero los vacía por dentro".
Y la Madre: "¿Y eso, Marta, te hace soñar".
Y Marta: "Sí, porque estoy harta de cargar siempre con mi alma y tengo prisa por llegar a ese país donde el sol mata las preguntas".

En 'El malentendido', traducción de Aurora Bernárdez, que fue compañera eterna (aunque se separaron) de Julio Cortázar, y Guillermo de la Torre, ese catedrático olvidado de la Generación del 27 que se casó con la pintora Norah Borges, hermana del otro Borges.

'El malentendido', en edición de Losada de 1962, de la biblioteca de un poeta.

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martes, 19 de marzo de 2013

Albert Camus está en el medio (pero deja pasar)

No puedo escribir. Ahora que tengo lápices con filo. Y que las plumas han cedido su vuelo a la sangre.
En el momento este sin apocalipsis en el que hasta los jinetes se han quedado sin caballo.

No hay tregua para el hombre maldito que sabe que todo mar tiene su tempestad y todo dolor su caricia.
Para el no necio que crece al amparo de su incertidumbre y choca contra los muros antes de que los muros sean levantados.

Qué va a ser del poeta cuando eleve su voz si ya no hay silencio.
Qué de la boca expuesta para el beso si el beso no saldrá de su casa antes de hoy.
Qué haremos cuando llegue el frío y el fuego se haya cansado de calentar el hielo.

Leeremos entonces el verso del profeta que leyó en nuestros ojos la palabra esperanza.



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