jueves, 1 de octubre de 2020

El don de la sobriedad

Viejo y glorioso Epidauro, el eterno jadeo de tus voces agolpándose en la inmediatez del llanto no pudo despojar de su verbo a las bacantes que venían a devorar los restos del banquete nupcial. Lo que quedaba del amor después del amor. Al grito de evohé, las arpías de largos cabellos de serpientes estrangulaban a las flores mientras las envenenaban con su aliento. Había que culminar el drama porque los espectadores estaban sedientos multiplicándose en sus gradas. Entonces pasó que cayeron fulminados como del rayo los espejos en que los amantes se habían mirado hasta la saciedad de su deseo y todo pasó a ser un espejismo sobre la playa aquella, ya sin arena, en que Ariadna había sido abandonada por Teseo. Hay un minotauro en cada poeta que se desangra, dichoso en su laberinto. Y solo Baco pudo terminar aquel poema, embriagado hasta la náusea con su propio vino, ahorcado de placer del tronco de una vid donde las uvas se apelotonaban en pleno desconcierto sin vendimia. Pero Apolo tuvo que llegar con su música y volver a sembrar los maltrechos campos ultrajados por aquellas indómitas huellas y apaciguar las calaveras para que ella, que había escarbado en la tierra con sus uñas para alimentar su vocación y atesorado sus caricias en los horizontes de todos los alféizares, pudiera detener la lacerante aguja y encontrar el centro mismo de la vida en su itáquico vientre. Acaso el ónfalo. Un águila volando y Delfos adueñándose de toda la impostura del paisaje.

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lunes, 19 de septiembre de 2016

Apolo nunca tiene sed

Ella amaba la lira de Apolo sobre todas las cosas.
Era su undécimo mandamiento.
Amaba la música que no dejan escuchar las estruendosas ménades.
Las ménades que profanan los cuerpos vestidos de las diosas para las que la primavera siempre guarda sus amapolas.
Ese cortejo de Dioniso embriagado de vino de tonel que acostumbra a entretener a la clientela provisional de las tabernas.
Las amigas del fauno que extienden las tinieblas y sobre las que nunca lloverá la luz.
Nunca caerá una estrella fugaz en el regazo de una ménade ni habrá cosmos en su firmamento.
No, nunca el aleteo de la mariposa blanca, la lenta caída de la hoja, el ultimo pétalo y el primero. Jamás la sombra del árbol detrás del bosque cobijará a las violadoras del evohé.

Una ménade nunca será una musa.

Pero mi corazón está encinta.


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miércoles, 12 de marzo de 2014

Las cantinas se ríen de los marineros inquietos

La paz en los puertos es licor en boca de los capitanes.
Armadas están las cantinas de tablas para la aurora.
Las voces sedientas de banderas blancas y plato sin cuchillos.
Cómo esquivar la ola que enfrenta la sonrisa sobre tu pelo.
Acuéstate, decías, sobre el amanecer antes de que venga la noche sobre los soles.
Pero yo me dormía sobre el palo mayor por cabalgar sobre los vientos.
Qué sabría Zorba de mí entonces si apenas había comenzado el baile.
Para qué los cantos de sirena, cuándo las ítacas y las naxos y el mundo entero.
Cuándo la bruja completará el hechizo y la sangre hervirá en el caldero por todos nosotros.
Los malditos que naufragamos en busca de bendiciones.
Los benditos que maldecimos la tierra que no hemos sabido pisar.
Los pies, nuestros pies, por qué no pondrían su sombra en aquella huella.
Por qué los antepasados no abonan ahora nuestras raíces que la primavera está al crecer.
Dímelo tú, diosa blanca, Apolo que vuelves a nacer, Baco inoportuno, Afrodita sedienta de tu propia espuma.
Decídmelo vosotros, dioses del Olimpo en cuya cresta el gallo se somete, por qué el mar no es un espejo para las multitudes.
Por qué hoy Hebe ha llenado la copa hasta sus bordes.

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jueves, 1 de noviembre de 2012

Ha muerto el poeta, el dramaturgo, el filólogo, el profesor...


Ha muerto Agustín García Calvo. Ha muerto en nosotros. Sobre nuestras palabras. Ha muerto el día después de pasado mañana. Frente a una estatua. Encima de lo viejo. Donde el espíritu clama por su resurrección. En el centro de un círculo vicioso. Entre un artículo indefinido, un verbo hecho carne y un nominativo primaveral.

En la prosodia y el ritmo. En la métrica. En el hexámetro. En un yambo y un coriambo. En la distancia que hay de una larga a una breve. En lo que hay en un poema que se puede contar.

Ha muerto el poeta. Y está Píndaro esperando para hacerle su retrato. Su estampa laureada. Como un Apolo que sueña que es Dionisos. Como ningún dios y como todos. Ha muerto el dramaturgo y Tespis tira del carro. Y las Bacantes rasgan sus vestiduras mientras las Musas bailan y Mnemósine no olvida.

Ahora el poeta va en su barca y el rio no es el Leteo. El río son las lágrimas. Y hay una mano que baña de un fuego transparente unas espaldas. Y ninguna patria y ningún dios. Y dulces besos y saliva sin dueño y claros naufragios y principios hundidos y nubes tendidas.

Hay paz para el poeta que descansa sobre la línea del horizonte.

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viernes, 6 de abril de 2012

Nace la tragedia, Nietzsche llora


Nietzsche acuna mi espíritu dionisiaco. Dionisos acuesta mi éxtasis. Mi éxtasis habría dormido mejor en los brazos de Apolo. Pero Dionisos es el que todo lo transforma. El hombre se transvierte en dios. Ha pasado solo una página y yo ando por bosques infinitos mucho antes de las brújulas. Estoy fuera hasta de mi misma. Nace la tragedia en un teatro. La música hace que la vida no sea un exilio ni un error. Muere la tragedia (¿eterno retorno?), nace la razón. La ciencia se cierne sobre Nietzsche que ahora mece su locura,

desmundanizarse para estar en el mundo
(una bacanal no era eso, después de todo)

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jueves, 22 de marzo de 2012

Siempre quise estar en el jardín de Epicuro viendo a los cínicos pasar


Una palabra como destino (un viaje muy estoico, tan epicúreo y algo escéptico)

         a  t  a  r  a  x  i  a,

una palabra con la forma inexacta de un abrazo (abstracción fauvista)

la palabra que aprendió a esperar entre las páginas amarillentas de un libro (nadie sabe quién es Godot, ni aun Beckett)

una palabra en medio de un jardín sobre los hombros del placer y sobre los hombros del dolor (la no levedad del ser) ,

una palabra que no vagabundea, que nunca pondrá los pies en un laberinto, que no se detiene en los mercados de fenicia ni en las cuevas de calipso,

que no conoce la turbación ni el remolino o el desasosiego,

una palabra para Apolo...

pero Diónisos llora, llora Diónisos apoyado en la cuarta pared y bebe vino



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